La rabieta que me habita

La rabieta que me habita

November 12, 2014

Una amiga del trabajo me contó ayer sobre las rabietas de su hija. Sin explicación o alerta ninguna, la niña se tira contra el piso a llorar, lanza sus juguetes contra la pared y llora hasta casi no poder respirar. No hay palabras, juguetes o chocolates que la consuelen. Una criatura adorable y tranquila de repente se convierte en un mostro rapaz. Según mi amiga, es una metamorfosis digna de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Siempre me ha parecido muy interesante que esta etapa de llanto irracional que los americanos llaman the terrible twos coincida tan apropiadamente con los primeros pasos que un bebé da hacia la conciencia humana. Las rabietas (o tantrums, o patatús, o perretas, como decimos los boricuas) muy bien podrían ser el resultado de un chocante despertar existencial; del nacimiento de un nuevo tipo de dolor profundo que no tiene nada que ver con el hambre, la sed o el sueño.

Yo recuerdo muy bien mis rabietas - aunque estoy segura que mis padres las recuerdan mejor. Recuerdo el tumulto mental y físico que las precedía y como comenzaba a golpear el piso con mi pie derecho: era una alerta a todo el que me rodeara que estaba a punto de llenar la casa de gritos. Que divertido pensar que mientras mi mamá trataba de tranquilizarme con un bibi, leyéndome un libro o meciéndome en el sillón, yo quizás estaba sufriendo de una crisis a lo Sartre. "İQue mundo cruel! İMadre, estoy condenada a ser libre!" pensaba mi cerebro en desarrollo.

Hace 28 años que no pierdo el control de esa manera, pero eso no significa que ese feeling tan horrible, ese malestar sin nombre y causa aparente, haya desaparecido por completo. Surge de vez en cuando e inesperadamente, pero la vida (y unos padres excepcionales) me han enseñado a controlar el deseo de tirarme contra el piso a llorar. Por eso voy a spinning o tomo vino. Por eso escribo este blog. Para controlar con palabras la rabieta que me habita.